domingo, 1 de junio de 2014

El testamento de un perro
                                           
                                                                                                                
Leido en Cecil, de M. Mujica Lainez, que a su vez se refiere a un texto que Eugene O´Neill escribió cuando su perro, un dálmata llamado Blemie, estaba ya muy viejito.

Blemie les rogaba a su Master y a su Mistress que no lo lloraran demasiado, ya que mientras vivió se propuso ser para ellos un motivo de alegría y lo apenaba pensar que pudiera acongojarlos su muerte. Añadía que los perros no experimentan, como los humanos, la desesperación de morir, pues lo aceptan como parte de la vida y no como algo extraño y terrible que a la vida destruye.
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Blemie les imploraba a Eugene y Carlotta O´Neill que, una vez llegado su término, tuviesen, "for the love of me", otro can, puesto que lo que verdaderamente deseaba saber es que, habiéndolo poseido a él, ya no podrían vivir sin uno cerca. Hasta les sugería, para que fuese su sucesor, un dálmata, porque -agregaba Blemie con ironía póstuma- ningún dálmata conseguiría ser ni tan bien educado, ni tan distinguido y hermoso como había sido él en sus años de plenitud, y porque, por buena voluntad que pusiese, sus inevitables defectos contribuirían a que, gracias a la comparación, la memoria de Blemie conservara intacta su frescura en el ánimo de quienes fueron sus amos.

Continúa Cecil con sus propias reflexiones sobre su idea de Cielo, imposible in su amo, pero lo dejaré aquí, porque...